El Chontaduro y el Rayo

Textos

 

Galera

 

     Ojalá esté bien afilado, pensé, mientras me concentraba en el frío que sentía sobre mi pierna, cuando la brisa golpeaba mi pantalón mojado. La sensación tibia de la orina rodando muslo abajo había sido reconfortante por un instante, pero ahora solo quedaba ese efecto de asfixia de la ropa empapada, pegada como una segunda piel. Y con este llamado a la conciencia de mi cuerpo, de nuevo la humillación absoluta y el terror me sacaron de mi abstracción, y oí sus gritos, sus pies golpeando contra la tierra, y mi corazón efervescente como una olla de leche hirviendo a punto de derramarse.

La ruina de la carne, pensé, y entonces en sus gritos percibí la sed de sangre y entrañas que siempre supe compartimos todos en el fondo.  Recordé a mi amigo Juan, y su cara de placer al describir cómo había visto a un cirujano sacar con sus propias  manos coágulos de sangre a borbotones del pecho abierto de un paciente. También vino a mi mente mi recurrente fantasía de despedazar un haraposo zombi con un hacha o un martillo, asegurándome de cortarle bien los brazos y las piernas, hacerle puré el cerebro para que no pudiera levantarse tras de mi de nuevo.

En este punto, de nada le habría servido al zombi arrepentirse de querer comerme, no estando yo en plena euforia asesina, en el trance depredador de penetrar al otro, de hacerse de su carne y ver su interior. No tenía ningún sentido rogar, y menos resistirme. Soy su comida, su sustento.

 

Quizá por eso mi cerebro, en un último intento por pavonear su intelecto antes de convertirse en carne pura, había decidido adoptar una actitud jocosa, recordándome que pronto cumpliría fielmente el cliché de “cuerpo y mente”, y sería, literalmente, un cuerpo y, por un cortísimo pero infinito tiempo, una mente rodante.

 

Me turbó la posibilidad de ser dos pedazos al mismo tiempo, como dos enamorados deportados a países diferentes. Fui consciente entonces de que en realidad nunca había sido una sola pieza, sino muchas unidas y potencialmente separables. Había algo hermoso en todo esto, pensé, al caer en dos partes sobre el suelo.

Sara Milkes 2018